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Carne de Psiquiatra -Trastorno Bipolar

Blue, persona

Lágrimas en la lluvia

Lágrimas en la lluvia

Me gusta mucho el género de Ciencia Ficcion, y Philip K. Dick es uno de mis escritores favoritos. Su título más famoso no era “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”(1968) hasta que pasó al celuloide con un título que también es ya de culto, más de veinte años después: Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Todavía estaba vivo cuando se rodó.

Hay más películas que también tienen algo que agradecerle a Phil K.Dick: “Desafío total” (1990) y “Minority Report” (2002), basadas esta vez en relatos cortos, son las más conocidas, porque hay otras que se quedaron en producciones de serie B.

Tengo casi toda su obra, porque desde que le descubrí en los años de bachillerato me hice adicta. Bueno, miento, en el traslado “se perdieron” las joyas de mi colección de Ciencia Ficción, entre otras muchas (AYYYY), la primera edición del “¿Sueñan los androides…”, sí, primera edición en español, Edhasa, 1982, acabó… dejémoslo correr, que me da el telele.

Hay otro libro de Phil K. Dick que merece atención especial, "Los clanes de la luna afgana" (1963), quizá para otro post. Martínez Roca editó en cuatro libros sus relatos. Estarán descatalogados, pero no tienen desperdicio.

Quizá Philip K.Dick sufrió Trastorno Bipolar, es una hipótesis que he encontrado en algunas de sus páginas de fans. Lo que sí está claro es que tuvo problemas psíquicos graves, aderezados con consumo de LSD y otras drogas. En todo caso, es un escritor que encabeza un capítulo en la historia de la Ciencia Ficción.

Nunca he tomado LSD, pero lo he experimentado en algunos de sus relatos. Existe en Internet una página con su obra entera escaneada en español pero he perdido el link, ya la recuperaré, “La máquina preservadora”, entre miles de páginas dedicadas a Blade Runner y a Phil K.Dick. Quien la tenga que me la pase, please.

Ahora no vamos al tópico “el libro es mejor”, sólo diremos que es muy diferente y que recomiendo su lectura.

La película Blade Runner ofrece nuevo material y reflexiones a cada visionado. Responde a una pregunta muy compleja: ¿Qué es ser humano?. Y su respuesta es: ser humano es TENER EMOCIONES, y de esta manera pillan a los androides: la cagan en un test emocional llamado Voigt-Kampf en la ficción.

Veo esta película una vez al año, más o menos, si tengo una película favorita es esta. Hay mil páginas en Internet que la interpretan, hasta se llega a debatir y afirmar que Ridley Scott hizo del blade-runner Deckard también un androide.

La banda sonora que se comercializó en aquél entonces tenía la etiqueta de Vangelis, pero era orquestada. Años le costó a Vangelis (1994) publicar su obra maestra. El último corte del disco es el monólogo del androide Roy Batty, el inolvidable “Tears in rain” (las dos primeras líneas y la última pertenecen al guión):

Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?.
Eso es lo que significa ser esclavo.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas en el cielo de Orión.
Brillar Rayos C en la oscuridad,
cerca de la Puerta de Van Hauser.
Todos esos instantes se perderán en el tiempo,
como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir"

En versión original:
I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams ... glitter in the dark near Tanhauser Gate. All those ... moments will be lost ... in time, like tears ... in rain. Time ... to die.

Este monólogo no sale en el libro. Creo que el mismo Rutger Hauer tuvo que ver en su confección, ampliando el guión original. “Lágrimas en la lluvia” es ya leyenda, friki si quieres, pero leyenda.

No me considero un androide, soy plenamente humana, con algún neurotransmisor averiado, pero eso también es humano. Algo cyborg sí puedo considerarme, teniendo en cuenta los implantes dentales.

Pero sí me identifico con Roy (Rutger Hauer) en algunos momentos de la película.

Me gustaría poder estar cara a cara con mi Creador, como hace él, pero sin pasarme de la raya –mala leche se gastaba el Nexus 6-, y hacerle algunas preguntas.

El Nexus 6 tenía muy claro que había un creador, yo no tanto, pero esto es para desahogarme.

Por qué me hiciste así, qué esperas de mí, qué puedo aportar a mis semejantes con este don con el que me has dotado.
Por qué sufro, qué utilidad hay en ello, qué aporto a la humanidad sufriendo.
Qué objetivo tiene el miedo que me atenaza cuando la enfermedad me posee a su capricho. Mi familia sufre, también sin entender, por qué.
Me has construido con una sensibilidad capaz de experimentar todas las emociones humanas, mi mente ha hecho y experimentado cosas increíbles. Dime con qué fin.
Me has dotado de la facultad contra natura de poder poner fin a mi vida en cualquier momento a sabiendas de que mi vida te pertenece. Por qué.
Hay más como yo. Somos quizá un experimento tuyo. Puede que seamos mutantes. Dime qué somos. Esclavos de nuestras emociones, qué objetivo tiene eso en tus planes. ¿Somos acaso esclavos?

Por qué recibes de nosotros tantas lágrimas en tu lluvia, ¿son necesarias?
¿Es ese el fin?
¿Ofrendas?

P.D. Le pedí una entrevista a la monja del psiquiátrico. Fue muy revelador. Y cayeron muchas lágrimas.

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Gente

Gente

Los bipos y los no-bipos no son mundos aparte, al contrario, cada día comparten vagones de ferrocarril de cercanías, barras en bares, reuniones de trabajo, salas de espera de dentistas, plateas de teatro…

Los bipos no vamos marcados con un lunar en la frente. Somos parte de la sociedad, un 2% sin ir más lejos. Votamos en las elecciones, tenemos un adsl en casa, le pedimos un aumento de sueldo al jefe, vamos al cine, tenemos hijos, llenamos nuestro carro de la compra en el supermercado, nos salen caries, vamos a la peluquería, llenamos el depósito del coche, fumamos, y un largo etc. Como tú.

Ni siquiera nos conocemos entre nosotros. Hay asociaciones de bipolares, pero no todos se apuntan ni conocen su existencia.

Yo soy bipo desde que tengo uso de razón, aunque sin saberlo, y ello no me ha impedido realizar las actividades más variopintas.

He estudiado: el bachillerato, una carrera y media, idiomas.

He tenido novios. Me he enamorado, y me he casado. Y mi ex no sabía que era o soy bipo, el amor va por otros derroteros.

He pertenecido a muchos conjuntos de personas: a clases de alumnos, a clubes deportivos, a asociaciones juveniles, a una asociación especializada en X, a un colegio profesional, a un partido político y a un sindicato de trabajadores.

Y a veces he tenido cargos de responsabilidad en estos lugares, que significaban innumerables e interminables reuniones, donde exponía mis argumentos en los diferentes puntos del orden del día y votaba, como el resto. He redactado o presentado enmiendas a ponencias y he hablado en público en asambleas y congresos. Soy miembro fundador de cinco asociaciones, que yo recuerde. Estas asociaciones tenían muchos miembros, y yo circulaba como una más. Es que lo era. Es que lo soy.

He viajado algo gracias a mi participación en asociaciones y en órganos de dirección. He conocido a mis homólogos en otros países en intercambios. He participado en campamentos de asociaciones juveniles internacionales, y en un campo de trabajo en un país que ya no existe.

Como anécdota, he frecuentado algunos canales de chat, y fundado un par en IRC Hispano. Y he sido operadora de algunos. Bajo un nick que no revelaré.

Me han contratado en siete empresas, no diré cuáles ni en qué sectores, porque esto no es ni será mi CV. Y dentro de esas empresas, he estado en varios departamentos, con distintas funciones administrativas y de gestión. Me gusta trabajar, me lo paso bien haciéndolo y poniendo límite a mi perfeccionismo cuando está en juego la eficacia, tomando decisiones aunque sean así de pequeñas. He trabajado en departamentos de nueva creación: les he dotado de procedimiento, he organizado sus archivos, he tomado actas de reuniones pequeñas y de reuniones grandes, he organizado congresos y eventos. He dirigido equipos, incluso he seleccionado al personal que los formaba.

He salido con mis amigos desde la más tierna adolescencia y hemos compartido tascas, garitos, discotecas, muchas fiestas populares y conciertos, borracheras, ligues.

No me pongo flores. No llegué alto, compañeros míos sí lo han conseguido. Dejé pasar oportunidades también. Pero miro hacia atrás y me siento orgullosa de mucho de lo que he hecho, de mi granito de arena. Hay hitos en mi vida, modestos, pero míos. Y todos ellos apuntan a que he sido y soy miembro de una sociedad, como tú.

Ahora, juguemos por un momento a “Vidas cruzadas” (“Short cuts”, Robert Altman, 1993).

Tú has podido ser compañero mío en un carril de la piscina, o en un seminario en la universidad. Quizá alguien nos habrá presentado alguna vez en un pasillo de la oficina, o en una fiesta. Tú has podido coincidir conmigo en cualquiera de los mil grupos de trabajo en los que he participado. Es probable que un día recibieses una octavilla de mis manos en una manifestación. Seguramente, un día fuimos a ver la misma película, y tu cabeza me molestó. Tú has podido ser el candidato al que descarté en una entrevista de trabajo. Quizá compartimos una habitación en el hospital, tú visitabas a un paciente y yo al otro. Muy probablemente, habremos estado en el mismo probador de unos grandes almacenes de ropa deportiva. Un día te pedí que me hicieses una foto. Quizá me diste conversación en la cafetería del tren. Lo más seguro es que un día esperase a que precisamente tú salieses de una cabina telefónica, o de un cajero automático. Nos habremos hablado en un ascensor, “buenos días”. O en un chat, y me habrás contado tu vida, y yo la mía, y quizá nos hayamos citado. Tú puedes ser miembro actualmente de una asociación a la que yo he pertenecido, o haber visitado su página web. Tú puedes haber sido mi último amante.

Y como se relata en otra película, nos distancian tan sólo “Seis grados de separación” (Fred Schepisi, 1993). El mundo es un pañuelo.

Un día acudí al aniversario de algún Consejo de Juventud. Allí había muchos rostros conocidos y amigos. Nos presentó un conocido común y me dijiste que ya me conocías, porque me habías visto hablar en púbico en la facultad. Yo no te conocía, pero tú me recordabas perfectamente. Como la chica que viajó con la asociación - yo era organizadora, responsable y guía del sarao-, y me paró un día por la calle a saludarme. Ni siquiera la recordaba, nunca llegué a conocerla, pero ella sí me pudo llamar por mi nombre.

Me ha conocido y me conoce muchísima gente, y no saben ni sabrán que tengo bipolar. Me refiero a los conocidos, los que conforman el paisaje cotidiano de nuestras vidas: solemos llamarles compañeros. De facultad, de trabajo, del partido, del curso de inglés, del gimnasio.

Tratas y has tratado a diario con gente que tiene Trastorno Bipolar (TB), y no te das cuenta. Es como debe ser.

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Fotografía: La Rambla de Barcelona.

MUSICOTERAPIA

MUSICOTERAPIA

El transporte público va lleno de auriculares, y a veces me gustaría “pasearme” por todos ellos, por toda esa música y por todas las sensaciones y pensamientos que recorren a esa gente cuando la escucha, como en la preciosa escena en el metro de “El cielo sobre Berlín” (“Der Himmel über Berlin) de Wim Wenders.

La música transmite emociones, sensaciones, pasiones. Esto lo sabemos todos. ¿Y en ausencia total de sensaciones, qué ocurre? Me refiero a la depresión.

Uno de los síntomas de las depresiones más graves es que se abandona la música. Deja de ser una melodía y pasa a ser un ruido, una frecuencia que ya no es tolerada por tu cerebro, que maltrata todavía más tu psique. El silencio es la banda sonora de la depresión.

Por ello, un consejo para la gente cuando entra en depresión es que no deje de escuchar música, porque activa el cerebro, incluso cuando lo tienes medio desenchufado u off del todo. En mi penúltima depresión sólo fui capaz de escuchar los 11 CD de Chopin que me grabó un amigo. Los Nocturnos, una y otra vez, eran lo único que mis neuronas soportaban.

Poco a poco, Grieg y otros clásicos “tranquilos”. Cuando fui capaz de escuchar a la Callas, no sólo estaba mucho mejor, sino que ejerció efectos terapéuticos sobre mí que no hubiese esperado de ninguna pastilla. Y le sigo agradecida, ahora mismo está en mis auriculares.

Creo que la música de alguna manera ordena nuestras emociones. O las potencia. O a mí me ocurre, y trato de escogerla en función de las emociones que van a sugerirme. Uno de los mis discos favoritos es la banda sonora de “Blade Runner”, de Vangelis. Es un disco que me pongo porque sí, y últimamente cuando no tengo muy claras mis emociones, para “ordenarlas”, porque me da paz interior, y además el monólogo final no tiene precio. Y no me sorprendería que la sensibilidad de Vangelis tuviese origen bipolar.

Si quiero caña para mis neurotransmisores, últimamente "chupo" mucho Peter Gabriel, por ejemplo su último disco “Up” (grande esa canción “Growing up”) o el ya clásico “Plays live”, porque su música tiene mucha fuerza. Quiero hablar de Peter Gabriel en otro post, es algo más que un músico. Kurt Cobain también tiene esa fuerza, no sólo en la música de Nirvana sino en su voz, le leo el alma desgarrada, la que le llevó al final. Aunque tengo toda su discografía suelo acudir al “Unplugged in New York”, otro de mis básicos. Hace 10 años ya que Kurt se pegó un tiro, y por aquí podríamos entrar en el tema del suicidio en el Trastorno Bipolar... todo se andará, pero suelto la “perla”: es nuestra primera causa de mortalidad, sí, es escalofriante saber que un 20% de bipolares se suicida. Ya hablaremos con calma de Kurt y del suicidio, tenemos tiempo.

Debo aclarar que no tenía idea de que Peter Gabriel, Sting, Kurt Cobain y otros músicos tuviesen el trastorno. De esto me enteré después. Y la lista no acaba aquí. Ah, Chopin y la Callas están en las listas de unipolares.

Mis gustos musicales “poperos” van desde Henry Mancini a AC/DC, aunque suelo detenerme más en Police, Peter Gabriel, Prince o como se haga llamar ahora, y U2. Claro, están los Reyes: Beatles, Rolling Stones, Elvis Presley, Bruce Springsteen, Tina Turner. Y los Clásicos: Doors, Led Zeppelín, Deep Purple. Y los Nuevos: Jamiroquai, Blur, Moby, Chemical Brothers. Y los que me dejo… no es una lista ni perfecta (es la mía, a bote pronto), ni mucho menos cerrada, pues tengo tropecientos vinilos, CDs y mp3 de todos los gustos y colores y en 20 años ha llovido mucha música.

Mi generación es evidente, soy un producto de los 80, y me gusta serlo.

¿Qué escucho ahora? En mi mesa está Bryan Ferry (inolvidable “More than this”), “The great american Songbook” de Rod Stewart, “Best of” Talking Heads, Pink Floyd (“Wish you were here”), Lenny Kravitz (“Mama said”) y “The Rocky Horror Picture Show”.

Adivinanza: ¿En qué estado o fase de la enfermedad me encuentro ahora? La música lo dice por mí. Estoy en una hipomanía leve, un pelín (animada) por encima de la eutimia (“normalidad”), es decir, haciendo vida prácticamente “normal”. Escucho de todo, no desprecio nada, ni abuso de música excitante, demasiado fuerte… digamos que no escucho demasiado Metal últimamente. Eso lo dejo para momentos maníacos, cuando las neuronas piden guerra, cuando yo misma soy el Dr. Frank-N-Furter.

Un dato curioso, y para mí desternillante. Este verano, en plena y asquerosa depresión, cuando no escuchaba música alguna, la sonrisa me la sacaron “Del Pita Del” (¿Quién no se fijó en el anuncio del verano? Hasta los depres…) y “Dragostea din tei”, porque me recomendaron el mp3 (aclaro o insisto, no escuchaba la radio ni discos, estaba depre y conscientemente aislada del sonido con tapones). A cuál más hortera, pero les tendré cariño siempre por haberme dado momentos de respiro en un mes, agosto de 2004, que sólo merece el calificativo de “entrada al infierno”.

Del infierno, ya hablaremos. Cuando pueda ponerle banda sonora, quizá.

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